LECTURAS DE MARZO (2025)

El ojo de jade es la primera de las novelas que forman la Trilogía negra de Pekín de Diane Wei Liang. Nacida en China, donde pasó las dos primeras décadas de su vida, y refugiada en Estados Unidos a raíz de la represión del movimiento democrático estudiantil que tuvo su punto culminante en las protestas de la Plaza de Tiananmén, esta autora es un testigo de excepción de las recientes transformaciones de su país natal y del contraste entre la China moderna y la China de la Revolución Cultural. La acción de El ojo de jade comienza en el gozne entre los siglos XX y XXI, en un mundo cercano al nuestro, pero a la vez lo suficientemente alejado como para dotar a esta historia de investigación policial sin policías de un aire de clasicismo. Los personajes se comunican con teléfonos móviles, pero las pesquisas se basan sobre todo en las conversaciones directas con testigos y sospechosos y en la visita a los lugares relacionados con los hechos delictivos. La protagonista es Mei Wang, una joven en la treintena que ha dado un viraje a su vida como consecuencia de una decisión insólita, la de abandonar su puesto en el Ministerio de Seguridad Pública, con lo que esto implica de renuncia al prestigio social, para emprender una carrera en solitario como investigadora privada. De su mano nos adentramos en una indagación que tiene como punto de partida el tráfico con objetos de arte de un museo expoliado en tiempos de la revolución y que nos llevará a saber mucho de la vida personal de la protagonista y de la sociedad que la rodea. Conocemos así la importancia del guanxi, red de contactos imprescindible para desenvolverse en una sociedad aún anclada en valores que parecen inamovibles («Nuestros antepasados decían que en la vida hay dos objetivos: formar una familia y hacer carrera», afirma en un momento dado la madre de Mei), una sociedad basada en una férrea distinción entre los habitantes de la capital y los trabajadores de provincias y en la que se abre la disyuntiva entre plegarse a las directrices del Partido o lanzarse a  un negocio privado y a la posibilidad del éxito económico. Sobre este mundo pleno de contradicciones, lo antiguo frente a lo moderno, la tradición frente a la ruptura, la sumisión frente al riesgo, pende la amenazadora sombra de la Revolución Cultural, sombrío recordatorio de tiempos no tan lejanos que provoca que quienes la vivieron se nieguen a hablar de ella o bajen el volumen de voz al mencionarla. En este espinoso territorio se interna la animosa Mei, sin sospechar que, a la vez que rastrea el destino de una valiosa pieza desaparecida, va a desentrañar un enredado hilo que afecta a su familia y la vincula con momentos terribles de la historia reciente de su país. El punto fuerte de la novela está en la creación de ambientes, los encuentros con personajes del más variado pelaje, la descripción de calles y locales, de infraviviendas y de tugurios, así como de hermosos edificios que hablan de un antiguo esplendor. Como buena novela negra, El ojo de jade nos habla de mucho más que de crímenes: de relaciones familiares, de intimidad y secretos escondidos, de un mundo en transformación.

La Habana, primavera de 2016. Está a punto de suceder un hecho único, la visita a la isla del presidente de Estados Unidos, Barack Obama (en realidad, se trata de dos hechos únicos, porque justo después de tan sorprendente visita está previsto un concierto de los incombustibles Rolling Stones). El «empecinado recordador» que, según su propia definición, es Mario Conde, evoca el mágico y remoto momento en que escuchó por primera vez una canción de los Beatles. Más de cincuenta años después, sumido en el pesimismo, observa con recelo la corriente de entusiasmo que cala en sus paisanos y por la que no se va a dejar llevar por varias razones: porque es perro viejo, porque las innumerables decepciones que ha experimentado en su vida lo han convencido de que esos aires de cambio no se traducirán en nada positivo para la sociedad cubana y porque, por si faltaba algo, él es de los Beatles y no de los Rolling. La petición de ayuda de un antiguo colega de sus tiempos de policía desvía su atención hacia un caso de asesinato que lo obliga a remover recuerdos de la dura represión sufrida por artistas no adeptos al régimen. Este es uno de los hilos narrativos de la monumental Personas decentes, última incursión de Leonardo Padura en el mundo de Mario Conde, policía retirado, comerciante de libros de viejo y melancólico observador de la realidad cubana. El otro hilo nos lleva a comienzos del siglo XX. Es 1910, momento en que el inminente retorno del cometa Halley impulsa a la población de La Habana a un frenético disfrute de los placeres de la vida ante la posible llegada del fin del mundo. En ese disipado contexto, un joven policía entra en contacto con un brillante personaje, Alberto Yarini, al que una riqueza basada en el negocio de la prostitución no impide ser una sólida promesa de la política habanera. Seductor, inmoral e irresistible, Yarini arrastrará a su terreno al policía principiante, a pesar de que este es, por encima de todo, una persona decente. El tema de la honestidad une estas dos historias separadas por un siglo y entre las cuales existe, además, otra conexión preciosa que no revelaré aquí. La entrañable mirada del ya sesentón Mario Conde se extiende sobre ambas y convierte estas dos tramas de crímenes, corrupción y violencia en una reflexión lúcida y desengañada sobre el sentido profundo de las acciones humanas y la dudosa frontera entre el bien y el mal.

Aprovechando los espacios en blanco que crea la carencia de datos en las biografías de ciertos personajes históricos, Maggie O’Farrell vuelve a explorar el pasado con mirada libre y un sentido poético de la realidad, como ya hizo en su bellísima novela Hamnet. En esta ocasión, nos traslada a la segunda mitad del siglo XVI, a las ciudades de Florencia y Ferrara, donde se desarrolla la existencia de su protagonista, Lucrezia, hija de una de las parejas más estelares del Renacimiento italiano, la formada por el todopoderoso Cosimo I de Medici y su carismática esposa Eleonora. Lucrezia es la casada a la que se alude en el título; su inesperado matrimonio —a una edad impropia— con Alfonso II d’Este, duque de Ferrara, es el núcleo argumental de la obra. Alejándose de la novela histórica que a base de un despliegue de detalles pretende la reproducción lo más fiel posible de una época, O’Farrell no esconde su mirada contemporánea, que la lleva a crear un personaje femenino muy cercano al lector sobre el armazón de la auténtica Lucrezia, de la que se conservan muy pocos datos. La Lucrezia de O’Farrell es un ser diferente, que no encaja en los esquemas de su tiempo, una niña que juega a pasar inadvertida para poder desarrollar a gusto las actividades que la hacen feliz: la pintura y la observación del mundo natural. Es fácil sentir identificación y afecto por esta niña no muy bella, no muy valorada por sus padres, incapaces de apreciar su imaginación y su sensibilidad. Una niña perdida entre una prole de hermanos que se ganan la atención de todos por ser mayores o más jóvenes, por ser varones o por ser mujeres bien dotadas para el mercado matrimonial, por ser lo que se espera de ellos. La imprevista boda de Lucrezia con el duque de Ferrara, que la arranca de cuajo del palacio de sus padres y del territorio de su infancia, es un brutal mazazo; a partir de ese momento, se inicia lo que no dudaré en denominar una historia de terror. El ambiguo Alfonso, con su aparente cordialidad y su implacable mano de hierro para ejercer su autoridad, así como la corte de Ferrara, llena de intrigas y tensiones familiares, forman el claustrofóbico entramado en el cual queda atrapada la protagonista. Los giros de esta historia terrible, cuyos detalles no revelaré aquí (debes sufrirla sin saber nada, lector, si es que decides adentrarte en ella), suponen una honda reflexión sobre temas, por desgracia, atemporales: el abuso de poder, la violencia contra las mujeres y, en general, la crueldad o indiferencia de los fuertes hacia los débiles. A medida que se desarrolla la historia matrimonial de la joven Lucrezia, acompaña al lector el recuerdo de una conmovedora imagen que aparece en los primeros capítulos de la novela, la de la tigresa prisionera en los sótanos del palacio Vecchio, arrancada de su tierra, encerrada, sometida y, pese a todo, llena de dignidad y belleza.

Comentarios