SIMETRÍA
Hace unos días, cuando en Madrid la primavera era aún primavera y no se había convertido en este pavoroso simulacro del verano que nos ha atacado de forma tan artera, estaba yo sentada con un amigo bajo la pérgola de una cafetería situada en un rincón de mi barrio que me parece muy agradable. Teníamos a un lado de la mesa un esplendor vegetal que se asomaba por el cerramiento acristalado; al otro, una acera poco transitada. En la mesa más cercana a la nuestra se había instalado un padre con una sillita de bebé de la cual, desde mi posición, solo veía asomar un pie regordete. Cuando el camarero le trajo una cerveza, este papá joven me pareció el ejemplo máximo de la felicidad: estaba tomándose una pausa no sé si del trabajo o de las tareas domésticas (trabajo, al fin y al cabo), acompañado por un bebé que, cuando lo sacó del coche, se manifestó un crío de ojos avispados y sonrisa fácil, que empezó a comunicarse con los ocupantes de las mesas cercanas. Mi acompañante hizo el comentario e...







