SALDREMOS EN LOS LIBROS DE HISTORIA
Pertenezco a una generación que pensó que no saldría en los libros de historia. Que lo haría, si acaso, en un recuadro al margen, donde se explicaría sucintamente el estado de paz, bienestar y progreso que la rodeó. Una generación que se sabía descendiente de otra con una existencia más dura y que se soñó antecesora de otras muchas que subirían, imparables, los escalones de la civilización. Una generación circunscrita a un rincón del planeta donde los ecos de las guerras y la barbarie llegarían amortiguados. El alumno del futuro que se dispusiera a estudiarnos lo haría un poco aburrido, indiferente, porque —ya se sabe— las épocas de bonanza dan mucho menos juego a la imaginación que los periodos turbulentos. Me recuerdo de adolescente hojeando mi libro de historia y meditando sobre algunos de sus pasajes. Me llamaban la atención las crisis y revoluciones, los momentos en que los colectivos parecían perder la razón y sumirse en el delirio, los acontecimientos que arrasaban con la vida...



